divendres, 28 de juny de 2013

EL DESTINO DE UN SOÑADOR QUE NACIÓ PARA SER LIBRE

Cuarto capítulo- LAS COSAS BUENAS SIEMPRE SON EXTRAÑAS

Su casa está en el bosque. Es extraño que después de haber pasado gran parte de mi vida por esta zona nunca la haya visto. Aunque, volviendo a pensar en ello, nunca nos hemos desviado mucho de nuestro camino hacia la playa. Lo que sí es extraño es que nunca la hayamos visto a ella. Ni de camino a la playa, ni en la playa…
-          ¿Vas muy a menudo a la playa?- le pregunto, mirándole el cabello corto desde atrás. Es un poco más alta que yo.
-          La verdad es que sí, me gusta nadar un poco de vez en cuando.
¿Miente? Pero… ¿Por qué? Creí que éramos… una especia de… socios… Y si no miente, ¿Cómo es que nunca la he visto por la playa ni por ningún otro lado? Sin lugar a dudas, miente. Pues si ella quiere jugar a este juego, no lo va a tener fácil para ganar.
-          ¿Sí? Yo lo odio. No me gusta nada el agua. Sé nadar, pero lo justo y necesario para sobrevivir. Tuve una mala experiencia de pequeño. Me picó una medusa y des de entonces no me gusta nada el mar.
Soy un mal mentiroso. Un muy mal mentiroso. Me justifico demasiado. Tengo que aprender a callar. Si no voy con cuidado el ganador estará claro a cincuenta quilómetros de la meta. Y eso podría costarme la vida. Todavía no sé quién es, ni con quien está, ni el porqué de sus actos… No sé nada de ella. Y ella puede que sepa demasiado de mí…
Alek es siempre la que va por delante. La chica me guía hasta su casa. Se encarga de abrir paso entre las zarzas y avisarme de lo que hay por delante nuestro. Nos alejamos completamente del camino con el que he llegado a la playa. Tal vez por eso nunca la hemos visto…
-          Y… ¿des de cuando vives en el bosque? Es decir, sola…- Estoy dispuesto a averiguar más cosas sobre ella, o al menos a intentarlo, porque tal vez solo reciba mentiras.
No responde de inmediato, pero cuando lo hace, lo hace segura y decidida de lo que dice.
-          Sola des de hace diez años. Mis padres me tuvieron cuando tenían 40 años. Ellos huían del Dictador cuando encontraron esta casa y la reformaron como pudieron. Las malas condiciones hicieron que murieran diez años después de que yo naciera. Murieron jóvenes, pero me enseñaron mucho…
-          ¿Cazas?- le pregunto, sorprendido ante sus habilidades.
Vuelve a haber silencio antes de la respuesta. ¿Estará pensando que inventarse o es que de verdad este es un tema delicado? Tal vez… no debería preguntarle cosas así. No, sí que tengo que hacerlas si quiero que nadie me engañe de nuevo.
-          No, no podría. Y tampoco sabría. Mis padres no eran ningunos sádicos. Ni siquiera estaban acostumbrados al campo. Ellos venían de la ciudad. Ellos creían en la libertad y por eso en cuanto llegó el dictador tuvieron que escapar. Se revelaron, y perdieron… Ellos pensaban que si mataban a los animales para comérselos se convertirían en alguien como él. No querían quitarle la vida a nadie. Así que nunca aprendieron a cazar. Y no me enseñaron. Y aunque me hubiesen enseñado no podría hacerlo. No quiero convertirme en alguien como él…
Me cuesta entenderla. No porque sus palabras no tengan sentido, al contrario, lo tienen, y mucho. Pero me cuesta entender su manera de pensar. Es diferente. Posiblemente si le preguntaras a alguien de la ciudad qué haría si tuviese que vivir en el bosque te respondería que incluso sería capaz de matar a sus hermanos con tal de sobrevivir. La gente ahora es así. No sé si antes eran de otra manera porque cuando llegó el Dictador yo era muy pequeño todavía, pero de lo que sí que estoy seguro es que ahora la gente es egoísta, hipócrita y egocéntrica. Es como un perfil que nunca cambia. Algunos más que otros pero siempre con las mismas características. Y en cambio, ella… no. Ella no es capaz de matar a un animal con tal de no quitar ninguna vida. No sé si yo sería así… Tal vez hablo mucho de sinceridad, de la hipocresía de los demás pero yo… puede que no sea tan diferente. En comparación a ella, yo puede que no sea nada…
No vuelvo a preguntar nada. ¿Se habrá inventado todo lo que ha dicho? No lo sé, pero inventado o real, me ha dejado pequeño.
Ahora me concentro en el camino. Observo todo lo que hay a mi alrededor para que pueda ir y volver a su casa sin que me tenga que guiar nadie. El recorrido que hacemos es bastante sencillo. La mayoría del tiempo caminamos en línea recta. Solo algunas veces giramos hacia derecha o izquierda. Veinte minutos después de que hubiese decidido dejar de hacer preguntas llegamos a su casa.
Ante nosotros se extiende un pequeño claro. Lo que sin duda no es pequeño es la casa. El claro no será muy grande pero los padres de Alek supieron aprovechar muy bien el espacio. Es enorme. De dos pisos. Algo vieja pero estable. El tejado es bajo e inclinado. Tiene algunos agujeros, pero eso no parece que altere el equilibrio de la casa. Las ventanas no tienen ni cortinas ni persianas. Un porche pequeñito asoma al lado de la puerta. Las paredes no están pintadas y los tochos parece que hayan sido colocados un siglo atrás. Pero no me puedo quejar. Es más de lo que yo esperaba des de que la noticia de que mi madre había muerto llegó a mí. Y a pesar de todos los desperfectos, la casa no parece que vaya a caerse. Hasta puede parecer bonita si la miras des del ángulo adecuado. Sonrío. Me gusta.
-          ¿Vives aquí?- susurro, con admiración.
-          Sí, aquí es donde vivo desde hace veinte años. Está un poco vieja, pero tengo más que suficiente.
Me fijo en todos los detalles de la casa: en el pestillo roto que cuelga en la puerta, el cristal agrietado de la ventana de la esquina derecha, el moho que cubre la parte baja de la casa… Antes de que pueda acabar de observar el exterior de la casa, Alek abre la puerta de entrada, sin usar llaves, con un simple empujón. El chirrido de la puerta es acompañado de una nube de polvo que nos impide la visión del interior de la casa. ¿Y es aquí donde vive desde hace tanto tiempo? Parece que no hayan abierto esta puerta desde hace años.
Alek me deja pasar a mi primero. Entro a un pequeño recibidor. Todo está lleno de polvo y en la casa reina un silencio total. Sigo andando y llego hasta un gran salón con tan sólo dos sillones en el centro. Al fondo del salón hay una ventana que deja pasar un poco de luz. Si ahora mismo no estuviese Alek conmigo y no tuviese la certeza de que este lugar es el sitio más seguro ahora mismo, saldría corriendo. Esta casa parece sacada de una película de terror. Doy un paseo alrededor de los sillones y miro si Alek ha entrado ya. La veo cerrando la puerta y volviéndose hacia mí. Su actitud es diferente a la mía. Ella anda con total tranquilidad y naturalidad, como si fuese su casa. Bueno, es que es su casa. Yo, en cambio, lo hago intentando hacer el menor ruido posible, como si fuese a despertar a alguien. Cuando me habla, incluso estoy a punto de susurrarle.
-          ¿Te gusta?- me pregunta, entrando ella también en el salón.
Le hecho una última mirada antes de responderle.
-          Sí, está bastante bien. En comparación con lo que yo tenía pensado que pasaría después de que… mi madre… bueno, ya me entiendes, esto es un verdadero lujo.
-          ¿Y qué es lo que pensabas que pasaría?
-          Pues que me pasaría toda la noche durmiendo en el suelo y que, por la mañana, si gracias a un milagro seguía vivo, me pasaría todo el día en busca de comida. Y, como ya he podido darme cuenta mientras veníamos hasta aquí, poca cosa habría encontrado. ¿No decías que recolectabas? ¿Dónde están todos esos frutos?- Sonrío, incluso me permito ponerle un tono divertido a mi voz.
 Le he dado la vuelta a la tortilla, y eso me deja más tranquilo. Yo le he respondido medio en broma medio en serio, porque es eso lo que más o menos pensaba que pasaría, y ella ahora es la que me tiene que responder a mí. Y, si falla, sabré que está mintiendo. Paso un dedo por los sillones y una capa de polvo se adhiere a mi piel. La verdad es que estoy más relajado. A pesar de que esta casa me dé escalofríos, pensar que por fin estoy “a salvo”, me da una tranquilidad que en todo este tiempo había perdido por completo. Y esa tranquilidad me ha dado un buen humor que, creo, que antes ni siquiera tenía. Y ese humor puede ayudar a que Alek confíe más en mí.
Alek ríe un poco. Ella también parece tranquila. No tiene nada que ver con la Alek de la playa. Ya no noto esa tensión en sus palabras, en sus movimientos. Ya no se detiene para pensar lo que tiene que decir. Es más natural. Creo que ahora sí que es la Alek de verdad, o eso espero, porque mi voto de confianza está dado y no nos conviene perderlo a ninguno de los dos.
-          En la otra banda del bosque hay más frutos: moras, bayas, etc. Están ricas. Sólo hay que dar con las que no son venenosas- Y me guiña el ojo, divertida.
Alek desaparece del extraño salón y, pasando de nuevo por la entradita, sube unas escaleras de caracol (muy poco seguras desde mi punto de vista). Me quedo quieto. ¿Voy con ella o espero aquí? Es su casa, ella decide. No sé si acompañarla será demasiado arriesgado. Estoy más tranquilo, sí, pero todavía no hay tanta confianza. Aunque espero que dentro de poco la haya.
-          Ven, Ales- me ordena Alek des de la parte de arriba de la casa.
-          Voy.- Y en este momento me siento estúpido.
Subo rápidamente las escaleras y me reúno con ella, que se ha alejado unos pocos pasos de la escalera. Justo cuando acabo de subir el último peldaño me encuentro con una pequeña estancia, igual de grande que la entradita, cuya primera puerta da a un comedor con cocina. Me enseña primero esa parte.
-          Y aquí está la cocina y la mesa.- Señala con el dedo lo que corresponde con sus palabras.
Algo no encaja. Hay algo que es diferente…
-          ¿La cocina no debería estar en la planta baja? No sé, es lo habitual, ¿no? Es extraño que esté aquí arriba.
-          Bueno, las cosas buenas siempre son extrañas, ¿no?
Su pregunta me pilla de sorpresa. La verdad es que sí. No sé si esa frase significará lo mismo para ella que para mí. No sé ni siquiera si significará algo para ella o si simplemente ha sido una frase que le ha parecido misteriosa y la ha dicho, o si tan sólo ha sido para romper el hielo. Pero para mí tiene un significado muy importante. Claro que es verdad que las cosas buenas siempre son extrañas. Lo que ella hizo por mi madre fue bueno, y extraño. Esto que está haciendo ahora por mí es bueno, y extraño. Sinceramente, todo lo bueno que haga la gente para mí va a ser extraño siempre. Pero parece que a nadie le gustan las cosas fuera de lo común.
-          Pues sí, tienes toda la razón.
Los dos reímos y entramos en el comedor.
-          Sí, la verdad es que la cocina es lo mejor de esta casa. Apenas cuanta con una encimera, una pequeña nevera que ni siquiera funciona, una pica sin agua y una alacena. Pero hay de sobras. Ayer recogí algunas moras y bayas. Es poco pero aguantaremos hasta esta tarde.
Parece otra. Definitivamente, esta Alek es muy diferente a la que he conocido en la playa. Es mucho más agradable, y tal vez sincera.
-          Ven. Por aquí están las habitaciones. Hay muchas y son pequeñas, pero coge una persona sin dificultad.
-          Definitivamente, el espacio de esta casa está extrañamente distribuido.
-          Sí.
Las habitaciones no son más que unos cuantos metros cuadrados. Muchas están vacías y sólo tres tienen unos colchones viejos y rotos en el suelo.
-          Colchones. Más de lo que esperaba, sin duda- comento con una sonrisa en los labios.
Los dos nos quedamos en silencio. En la puerta de una de las habitaciones. Cada habitación tiene una ventana, pero muy poca luz entra por ellas. Así que la habitación está vagamente iluminada y nuestros rostros son solo sombras grises.
-          Gracias… Alek- le digo en voz alta, para que me escuche bien.
-          No hay de qué. Gracias a ti, no creo que hubiese aguantado mucho tiempo más. Las bayas y las moras son un buen alimento para unos días. Pero para todos… es difícil sobrevivir. Antes también me alimentaba de los restos de animales que otros animales dejaban. Más o menos una vez por semana comía carne. Pero des de hace unos meses no sé qué ha pasado que ya no encuentro muchos. La última vez que comí carne fue hace un mes y medio… Y pensaba que tu… podrías…, ya sabes…, cazar…- dice, poniéndole mucho cuidado a las últimas palabras.
Y toda la magia desaparece. Me quedo paralizado. Pensaba que éramos… amigos, más o menos; o que empezábamos a serlo. Estaba empezando a decidir dejar a un lado mis fines egoístas. No está bien querer estar con alguien tan sólo por los beneficios que puedas obtener al estar junto a esa persona. Había dejado ese haz de egoísmo que había aparecido temporalmente en mí y ya sólo me preocupaba su sinceridad. Sólo quería eso. Sinceridad. Un poco de verdad, pues no hubiese podido aguantar más si me volvía a encontrar con la hipocresía personalizada. Pensaba que empezaba a conocer a una Alek distinta, de verdad. Pero ya veo que solo estaba siendo amable para que yo cazara por ella. Seguramente también enterró a mi madre por lo mismo… No me lo puedo creer. Pensaba que había encontrado a alguien… no sé, distinto.
-          Entiendo. Sólo quieres que cace. Todo esto lo has hecho para que cace, ¿no?- Me vuelvo hacia ella, con los ojos pintados de cólera- ¡Yo pensaba que empezábamos a ser amigos, joder!- Las lágrimas empiezan a brotar de mi ojos- Pero no. Ya veo que estaba muy equivocado. Tú sólo quieres que te traiga carne. Porque tú no quieres ser una asesina, pero los demás sí tenemos que serlo para ti, ¿no? Pensaba que eras diferente, Alek. Pero ya veo que me alejaba de la realidad, y mucho. Demasiado, tal vez…  Pues lo siento, Alek, pero yo no pienso hacer el trabajo sucio por ti.
No es hasta que no acabo de hablar cuando me doy cuenta de que volvemos a estar en el pasillo y que su espalda está contra la pared. Mis brazos, situados cada uno a una banda de su cabeza, no le dejan salir. Y, aunque ella sea más alta y tenga más fuerza, ahora parece que el que controla la situación soy yo. Bajo mis brazos y empiezo a caminar hacia las escaleras. Era demasiado bonito para ser verdad. Tal vez, a veces, las cosas extrañas también son malas…
-          Espera, Ales. No, lo siento. No pretendía que pensaras eso. Yo solo quería decir que podrías cazar, si quieres. Sólo si quieres. Sino no pasa nada. También se puede vivir de las bayas y las moras. Y hay muchos otros frutos por aquí. Sólo hay que buscar-Corre hacia mí y, antes de que pueda bajar el próximo escalón, me coge de la muñeca- Lo siento, Ales, de verdad. Lo siento muchísimo. Te prometo que de ahora en adelante no voy a ser nunca egoísta. Siempre voy a ser sincera…
Parece que me conozca de toda la vida. Me sorprende que haya podido aprender tantas cosas de mí tan sólo sabiendo más o menos mi forma de ser. ¿Cómo sabe que sólo me gustan las cosas que son de verdad, que no son manipuladas por nadie? Es muy inteligente esta chica.
Me vuelvo hacia ella. La miro a sus ojos verdes. Ella también me mira, muy seria y con un poco de esperanza reflejada en el rostro. Creo que debo andar con más cuidado. Quiero que tengamos confianza, pero la confianza tarda en encontrarse y será mejor así. Tendré que conocerla mejor antes de decidir si quedarme o no.
-          De acuerdo. De momento me quedo. Pero tenemos que hablar.
-          Vale. Siento haberte dicho eso de antes. ¿Sobre qué tenemos que hablar?
-          Sobre ti.
Alek parece extrañada. Y preocupada. Traga saliva y se sonrojan sus mejillas. ¿Por qué está tan preocupada? Tal vez no le guste hablar sobre ella misma.
-          Muy bien. Espérame aquí, voy a por el tarro de moras y así vamos comiendo un poco.
Alek va a la cocina y regresa en diez segundos. Bajo yo primero y después ella. La espero abajo. Ella se dirige hacia el salón y se sienta en uno de los sillones, haciendo caso omiso al polvo que los cubre. Yo hago lo mismo. Hay muy poca luz y su rostro se ve muy oscuro. Será mejor así, pues será más fácil formular mis preguntas, aunque si quiero saber si miente o no lo tendré bastante difícil.
-          Bien, ¿qué quieres saber sobre mí?
«Todo»- pienso, pero es mejor ir por partes. Ahora mismo tengo dudas que hace segundos no sabía que tenía.
-          Para empezar… ¿Cómo es que tenías chocolate si según tú solo te alimentas de frutos que encuentras por el bosque?
Responde de inmediato.
-          Lo robé. Tenía tan poca comida que me acerqué a la ciudad y robé un poco de chocolate y una botella de leche. Fui a mi casa, cogí un cazo y unas cerillas y me acerqué a la playa para hacer chocolate caliente. Pensé que al volver podría recoger algunas moras. Pero entonces, te encontré.
Sus argumentos son buenos, pero algo aquí no encaja.
-          ¿Chocolate? ¿Te arriesgas a que alguien te encuentre en la ciudad y tan sólo coges chocolate?
-          Sí. Iba a coger más cosas pero en ese momento llegaron los dueños de la casa y tuve que salir por la ventana.-Su voz suena monótona. No expresa ninguna emoción, simplemente explica.
Otra vez me vuelve a ganar. Pero el juego no ha acabado aquí.
-          Si fueron tus padres los que huyeron de la ley, ¿por qué tú, después de que ellos murieran, sigues huyendo? No creo que a ti vayan a hacerte nada.
-          Claro que me harían. Cuando alguien incumple las leyes y huye, sus hijos son igual de buscados y serán igual de castigados. Es una de las injusticias de estas leyes. Es algo que deberías saber.
Su historia cada vez concuerda más.
-          ¿Por qué me ayudaste? ¿Por qué no hiciste tu chocolate caliente y te fuiste? No lo entiendo.
-          No te enfades de nuevo, pero al principio pensé eso, que tú podrías cazar. Pero ahora me has empezado a caer bien y no quiero que te vayas. Creo que podremos convivir bien y ayudarnos mutuamente.
Pone su mano sobre la mía. Yo no la aparto. Ha dicho la verdad. No debo desconfiar tanto de ella. Esto es un sinfín de emociones y me tengo que decantar por unas u otras.
-          ¿Puedo hacerte yo ahora una pregunta?
Dudo. No sé si ella lo será, pero yo sí que soy de ese tipo de personas a las que no les gusta hablar de sí mismo. Prefiero guardar mis cosas para mí. Pero ella ha respondido a las mías. Sería injusto que yo no le diera esa posibilidad.
-          Claro. Yo te las he hecho a ti.
Alek coge una mora y se la lleva a la boca. Después de comer habla. Mientras lo hace yo también como una. Pero su pregunta hace que casi me atragante.
-          No es por ser cotilla, y si no quieres responder no te obligo, por supuesto. Pero… me gustaría saber… porqué huyes del Dictador. ¿Qué has hecho para que tengas que huir?
No la miro. No, no voy a contestar a su pregunta. Debería haber imaginado que no lo iba a hacer.
-          No quiero… responderla. Me voy arriba a descansar un rato. Sé que es de día y que hay que ir a por comida, así que estaré poco rato. Ah, y cazaré. Creo que es lo mejor. Y será una buena manera de agradecerte lo que has hecho por mí. Siento haberme puesto así antes. Tal vez sea demasiado desconfiado…
No me dice nada. Si no fuera porque hay suficiente luz para ver su rostro, juraría que se ha ido. Pero no es así. Se mira las manos. Me levanto, subo las escaleras en silencio y me meto en la primera habitación con colchón que veo. Cinco minutos más tarde escucho sus pasos acercarse. Y unos segundos después su silueta al pasar junto a “mi” habitación. Parece que ella también quiere descansar.
Esta vez no puedo dormirme. Hay mucho por hacer hoy y solo necesito tumbarme un rato para recomponer mis fuerzas. Pero… Pero… ¿por qué el sueño siempre me controla?

Sudores. Temblores. Terror. Así me despierto. Mi ropa, que ya estaba sucia antes, ahora está mojada y apestosa. Me miro las manos. Tiemblan tanto que no consigo distinguir ni las uñas. Abro mucho los ojos. Tengo miedo. Me intento sentar en la cama, pero no puedo. Me duele todo. Tengo que intentar dejar la mente en blanco. Mierda. Otra vez un sueño premonitorio. No puedo. No puedo dejar mi mente en blanco. Ni siquiera puedo cerrar los ojos. El terror me invade. Tengo miedo, mucho miedo. Mi cuerpo empieza a temblar aún más fuerte. Noto como las gotas de sudor caen por mi frente. Me toco el pelo mojado. Hago un esfuerzo por cerrar los ojos. Me duelen los parpados. Pero ese segundo en el que mis ojos se cierran el significado del sueño viene a mí. En ese instante todo se detiene. El tiempo. El dolor. Mis sudores. Los temblores. Pero el miedo no, el miedo sigue igual de intenso, incluso más. Y mis ojos ahora sí que no se van a poder cerrar. El miedo ahora ocupa todo mi cuerpo. Una muerte. Eso es lo que pasará. Una muerte. La muerte de Alek.

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