divendres, 28 de juny de 2013

EL DESTINO DE UN SOÑADOR QUE NACIÓ PARA SER LIBRE

Quinto capítulo- ¿EXISTEN LAS CASUALIDADES?

Grito. Grito porque ya no me duele la cabeza ni ninguna parte del cuerpo. Grito porque mi pelo se empieza a secar. Grito porque mi mano yace tranquila encima del colchón. Grito porque necesito gritar. Tengo miedo. Y grito. Grito por eso y por todo. Mi grito es de terror, puro y angustioso terror.
-          ¿Ales? ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?- la voz de Alek llega hasta mis oídos, pero su rostro no lo captan mi ojos.
No veo nada. No veo nada porque no quiero ver nada. Y si quisiera, dudo que pudiese. Mi cabeza ahora mismo es un mundo de contrariedades.
-          Ales, mes estas asustando. En serio, ¿Qué te pasa? ¡PARA DE GRITAR, POR FAVOR!- los sollozos de Alek me vuelven a la realidad.
Y paro. Paro de gritar y entro en un estado de shock. Solo pienso y no hago caso a las lágrimas de Alek. Ni a sus suplicas pidiéndome que diga algo. Sólo noto sus manos en mi nuca y en mi brazo derecho. Y pienso. ¿Por qué he soñado con esto? ¿Quién va a matar a Alek? ¿Dónde la van a matar? ¿Eso significa que nos encontrarán? ¿Me alejo de ella? ¿O mejor le digo lo que ha pasado? ¿Cómo? ¿Cómo le voy a explicar todo esto sin revelar que tengo sueños premonitorios? ¿Y si piensa que estoy loco? ¿Y si es ella la que huye de mí? Sólo puedo hacer una cosa. Callarme. Y esperar, esperar a ver lo que pasa. Tengo que estar pendiente de ella y ver qué ocurre a continuación. Sé muy pocas cosas, pero lo poco que sé ya es suficiente para asustarme. Ahora sólo tengo que parecer lo más normal posible.
-          Sí, estoy bien. Ha sido sólo una pesadilla- le digo, poniéndome de pie y haciendo un intento de sonreír.
Ella también se levanta.
-          ¿Seguro? He tenido muchas pesadillas y en ninguna he llegado a ese extremo. ¿Seguro que ha sido eso? A lo mejor…- parece preocupada, pero no puedo permitir que siga con esas dudas.
-          Sí, segurísimo. No recuerdo bien sobre qué trataba, pero sí que era una pesadilla. No te preocupes. Ya me ha pasado esto muchas veces. Es como si las pesadillas me sentaran mal. Pero cuando despierto se me pasa. Venga va, tranquilízate- le digo con la voz más afable que consigo poner, aunque por dentro mi corazón late a mil por hora y las ganas de gritar no se han esfumado.
-          Vale…- Se seca las lágrimas con las manos, aunque ella no sonríe.
-          ¿Qué hora es? Deberíamos ir a por comida. ¿Vamos?- propongo, para acabar con la intensidad de la situación y porque quiero que el aire fresco me dé en la cara y me despeje un poco
-          Sí, será lo mejor. Sólo han pasado quince minutos des de que has subido. ¿Seguro que has descansado suficiente? ¿Seguro que estas bien? Nunca había visto que alguien despertará gritando de esa manera. Parecías aterrorizado. Pero no de la manera con la que una pesadilla te aterroriza, era como más… real.
Es imposible que lo averigüe. Sólo tengo que parecer normal y ver qué pasa. Si las cosas se ponen feas, no dudaré en ayudarla. Pero por ahora, lo mejor será esperar.
-          ¿Esto? Que va, me pasa muy a menudo. Desde pequeño siempre he reaccionado así ante las pesadillas. No te preocupes. Esto ha sido tan sólo una reacción… ¿sueñeril?- comento, gracioso, para que pare de pensar en esas posibilidades.
-          ¿Sueñeril?- ríe- No sería más adecuado, no sé, algo como “reacción onírica” ¿no?- sugiere.
-          Sí que sabes del tema, Alek. Y yo que te tomaba por una persona más bien inculta que simplemente se limitaba a recoger bayas del bosque…
-          Mis padres me enseñaron todo lo que ellos aprendieron en la escuela. Y… ¿de verdad pensabas eso de mí?- pregunta, dirigiéndose ella primero hacia la puerta.
-          Que va. Era una broma. Si te soy sincero, y creo que lo tengo que ser- Esa frase hace que me ría por dentro y a la vez que unas garras arañen las paredes de todo mi cuerpo por dentro-, estoy seguro de que tú eres tres veces más inteligente que yo.
La sigo. Parece que ya se ha olvidado del tema del sueño. Eso hace que tenga un motivo más para estar de mejor humor: así se le quita ya de la cabeza que me pasa algo.
-          Bueno, ¿Qué cazo primero, un ciervo o un lobo?- pregunto mientras me froto la barbilla irónicamente.
Alek ríe y baja rápido las escaleras. No hay tiempo que perder, así que yo también las bajo casi corriendo.
-          Tendrás suerte si encuentras por casualidad a un conejillo herido- Su risa es contagiosa y yo también rio. Tiene toda la razón.
Salimos al bosque y nos quedamos ahí fuera. Una situación algo incómoda. Es Alek la que rompe el silencio con una idea suya.
-          ¿Qué te parece si yo voy por esa parte del bosque, que hay más frutos, y tú por la otra? Mientras iba para la playa me pareció ver un conejo corriendo.
Esa idea no me gusta nada. No puedo dejarla sola. ¿Y si le pasa algo? Será mi culpa por no haberla avisado. No. Tengo que acompañarla por si necesita mi ayuda en algún momento.
-          Mejor vamos los dos por esa parte- digo señalando el lugar donde según Alek hay muchos frutos-. La otra banda me trae recuerdos demasiado bonitos. Y… sería peligroso. Me estarán buscando. No es muy seguro pasar por allí hasta un buen tiempo.
Ella no protesta. Sabe que tocar el tema de mi madre es algo delicado. Y tampoco creo que pueda negar que haya guardias peinando la zona.
-          De acuerdo. Sé de un sitio en el que puede que haya alguna madriguera.
-          Muy bien. Pues vayamos- Y esta vez soy yo el que empieza a caminar hacia la parte de atrás de la casa, donde la “otra parte del bosque” empieza.
-          De acuerdo. Está cerca de donde yo voy siempre a recoger las moras. A unos veinte metros aproximadamente. Tal vez más, pero no mucho. Allí, hace unos cinco años, vi los restos de una madriguera, tal vez haya alguna otra cerca de allí.
Se me cae el alma a los pies. Tan lejos de ella… Puede que si le ocurre algo sea demasiado tarde. Pero no puedo poner más excusas o volverá con las dudas. Tendré que estar alerta por si le pasa algo. No puedo despistarme.
Llegar hasta las moreras tan sólo nos lleva cinco minutos. No son unos árboles muy grandes, aunque es difícil coger muchas des del suelo.
-          Sigue recto- me explica, señalando la dirección que tengo que seguir- hasta que encuentres una roca enorme. Por ahí puede que haya algún animal. Mañana seguiremos explorando más allá- se calla un segundo y mete la mano en su bolsillo- Ten. Sé que es difícil cazar sólo con esto, pero es lo único que tengo. No pasa nada si los primeros días no cazas nada, ya irás cogiendo práctica. Y… gracias. Por cazar, me refiero. Sé que ha sido egoísta por mi parte pero…
-          No te preocupes tanto. Tú has hecho más por mí que yo por ti- Y cuánta razón tengo.- Deja que te ayude yo al menos en algo.
No dice nada más. Me deja la navaja en la mano y vuelve hacia los árboles. En ese momento descubro como consigue llenar esos tarros tan grandes de moras. Su cuerpo se desliza tan rápido y tan ágilmente como una lagartija por el árbol. En unos segundos, desaparece entre las ramas.
Empiezo mi camino y me alejo de ella. No duro más de dos segundos sin volver la vista hacia atrás. La verdad es que su muerte sería… como una hostia en la cara. Ahora que por fin he encontrado a alguien con quien sobrevivir; ahora que he encontrado una compañera y no estoy solo; ahora que he encontrado a una persona sincera… ,o al menos mil veces más sincera que los demás, no puedo dejar que muera.
No me doy cuenta de que ya he llegado hasta que me doy de narices contra la piedra. Sí, es una piedra muy grande. Es más alta que yo como unos cuarenta centímetros. Zarandeo un poco la cabeza para quitarme el aturdimiento del golpe de encima. Y empiezo a buscar. Una madriguera…
-          Conejitos, ¿dónde estáis? Venid, pequeñitos- susurro, alargando la última silaba de cada palabra-. Mishi, mishi, mishi…- No, mierda, eso es para los gatos. ¿Qué sonido se hace para atraer a un conejo?
Busco con la mirada puesta en el suelo. Entre los arbustos no hay nada. Alrededor de los árboles tampoco. ¿Entonces dónde? Tengo que acabar pronto, así las posibilidades de que a Alek le pase algo serán menores. Me alejo un poco de la piedra. Sólo unos veinte metros más, no quiero perderme por esta parte nueva para mí. No hay nada. Busco por los árboles: tal vez encuentre alguna ardilla. Pero son rápidas, aunque le pusiera todo mi empeño no las atraparía. Los pájaros vuelan, las ardillas corren y los conejos se han escondido y están dispuestos a no salir. Lo mejor será que vuelva y le pregunta a Alek sobre el tema. Sé que solamente he estado un cuarto de hora buscando, pero no puedo esperar más. Por el camino hasta las moreras seguiré buscando. Después le preguntaré, me aseguraré de que está bien y volveré con una idea más clara sobre lo que estoy buscando.
Al tercer paso que doy, algo se mueve. En los arbustos que hay cinco metros más allá algo hace que las hojas hagan un nervioso bailoteo. ¿Un conejo? ¡SÍ! Una cola redonda y blanca asoma por entre las hojas y seguidamente vuelve a esconderse. ¡Por fin algo que intentar cazar! Me acerco lenta y silenciosamente a él. Intento hacer el menor ruido posible, aunque las hojas que crujen bajo mis pies no ayudan demasiado. Y parece que no lo estoy consiguiendo, pues las hojas del arbusto se mueven cada vez más rápido. A cada paso que doy, las hojas se muevan una vez más por segundo. Hasta que estoy a un metro de distancia y, navaja en mano, me abalanzo sobre él. Pero no, en ese mismo instante el conejo sale a correr hacia la misma dirección en la que estaba caminando yo. También corro. No sé hacia donde voy, sólo sigo la sombra gris que se mueve a gran velocidad por el suelo e intenta huir de mí. Pero a ese conejo no lo voy a dejar escapar, será mío. Corro, y solo corro. Los árboles y las zarazas pasan a mis espaldas y no consigo librarme de algunas magulladuras. El conejo empieza a alejarse de mí. Yo empiezo a correr aún a más velocidad. A tanta que incluso pierdo la orientación y el conejo desaparece de mi vista. Lo busco con la mirada por todos lados, esta vez corriendo más despacio, pero sin dejar de hacerlo. Y, cuando noto otra vez un leve zarandeo en el arbusto que hay justo delante de mí, me lanzo, moviendo la navaja hacia todos lados y gritando como un loco. Le doy a algo. Pero…
-          ¡Ah!
No puede ser, el grito es humano. Paro de gritar e intento que el sentido común vuelva a mí. Y por fin sale de detrás de ese arbusto la silueta de una chica, con una raja en la frente y las manos llenas de sangre. Me da un vuelco el corazón cuando la veo.
-          Lo siento muchísimo, Alek- me disculpo, acercándome a ella e intentando mirar más de cerca la herida. Su cara es de dolor total.- En serio Alek, lo sienta muchísimo. Perdón. Estaba persiguiendo un conejo y… Entonces vi que se movía el arbusto este… Sé que no debería haberme lanzado así con la navaja pero… Lo siento, de verdad, Alek… La próxima vez…
-          Ales, así no ayudas. Vamos a casa, allí tengo un trozo de venda y agua para poder limpiar un poco la herida.
-          Claro, sí, por supuesto. Vamos.
La ayudo a llegar hasta ella mientras se aprieta la herida con fuerza para que no salga tanta sangre e intenta no quejarse demasiado.
¿Cómo no he podido darme cuenta? Supongo que he estado demasiado ocupado pensando en que el peligro vendría del exterior, en que la muerte de Alek la causaría alguien de la ciudad o del gobierno que no caído en que puede que sea yo el que la matara. Y ahora he estado a punto de matarla. Si en cambio de hacerle una raja en la cara la navaja hubiese ido un poco más abajo y hubiese penetrado en su corazón… no me lo hubiese perdonado nunca. Si hubiese matado a alguien, y encima que ese alguien hubiese sido la primera persona que encuentro sincera, no podría vivir con ello. No podría vivir con ello aunque ese alguien fuese el ser más mentiroso del mundo.
-          Lo siento, Alek- repito durante todo el camino.
Las lágrimas salen de mis ojos sin parar, una cascada de lágrimas sin cesar. Puede que ella se esté preguntando porqué lloro de esta manera. Pero si supiera que va a morir, y que ni siquiera yo que lo sé puedo salvarla, porque incluso yo puedo ser su asesino, ella también lloraría. O tal vez no, pero yo sí. No puedo quitarme de la cabeza que yo soy el responsable de todo esto, que si se lo dijese tal vez podríamos evitarlo entre los dos. Tal vez si le dijese lo que me pasa, que tengo sueños premonitorios, puede que lo comprendiese y no piense que estoy loco. No lo sé.
Al fin llegamos a su casa. Hemos tardado un poco más que cuando hemos ido para allá, pero aun así Alek todavía sigue bien. Abro la puerta dándole un patadita y la llevo a uno de los sillones que hay en el salón. La sangre le ha manchado gran parte de la cara y todas las manos. Coloca las manos en el sillón y de seguida este también empieza a teñirse de granate.
-          Ves arriba, a la cocina. En la alacena hay un trozo de venda y una botella de agua…- susurra, tapándose la frente con la mano derecha.
La sangre empieza a deslizarse por el brazo derecho de Alek hasta llegar a su codo.
Empiezo a correr hacia las escaleras y, éstas, las subo de dos en dos. Cuando voy a abrir las puertecitas de la alacena, lo hago con tanto ímpetu, que una de las dos se descuelga y me quedo con ella en la mano. Bueno, en realidad no hago mucha fuerza, hasta un niño de tres años podría haber roto esa puerta. La miro y la tiro hacia un lado. Busco rápidamente la venda y el agua, aunque no tardo mucho en encontrarlos, pues no hay muchas cosas en esta alacena. Cojo los dos objetos y vuelvo a hacer el mismo recorrido pero esta vez del revés. Cuando llego a ella de nuevo está en la misma posición que cuando la dejé. Le aparto la mano de la frente y sólo responde con un pequeño quejido, pero no se resiste. Con las yemas de los dedos y con mucho cuidado le hecho la cabeza un poco para atrás. Le tapo los ojos con las manos y le hecho un poco de agua en la herida.
-          ¡Ah!- se queja, pero no se mueve ni se aparta.
Con la venda intento taparle la herida, aguantándola con la mano ya que no es lo suficientemente larga como para que le rodee toda la cabeza. Le quito la venda de la frente otra vez y le vuelvo a echar más agua. La herida ya está limpia, ahora sólo falta que cicatrice, cosa que va a ser más difícil ya que no tenemos ningún medicamento para que ayude a hacerlo.
-          ¿Tienes cinta adhesiva o algo para sujetar la venda?- le pregunto sin separar los dedos de su frente pero quitándole la mano de los ojos.
-          Sí, se me había olvidado decírtelo. Creo que está en la encimera de la cocina. Ya estoy mejor, puedo ir yo misma a cogerla. Gracias por ayudarme- Y se levanta, sujetándose ella misma la venda.
-          No, tu quédate aquí, ya voy yo a por ella. Y… ¿todo esto es robado? Es decir, la venda, la cinta adhesiva…- ¿Qué otra explicación tendría?
-          Sí, los robé hace tiempo. No los utilizo mucho.
Me siento mal. Encima de hacerle un corte en la frente tiene que gastar sus cosas por mi culpa. No hago ninguna pregunta más. Voy corriendo a la cocina a coger la cinta adhesiva, transparente, y vuelvo. Le sujeto la venda con ella. Es difícil hacerlo, pues está bastante oscuro y no consigo distinguir los cabellos que caen sobre su frente.
-          Alek, lo siento mucho, de verdad- vuelvo a disculparme.
-          No pasa nada Ales, la próxima vez ya verás cómo lo haces mejor. Esto ha sido un error de principiante. Cuando te vayas acostumbrando…
-          No, Alek, no. No puedo volver a cazar…-Ya he acabado de sujetarle la venda y nos miramos a los ojos.
-          Ya te he dicho antes que no te obligo. Si no quieres…
-          No es eso, Alek. No es que no quiera, es que no puedo. Verás, ni yo puedo cazar ni tú puedes salir de esta casa, ¿de acuerdo?
No logro ver bien su rostro, pero sé que es de auténtico desconcierto.
-          ¿Qué pasa Ales? Los guardias…- Pero esta vez tampoco le dejo terminar de hablar.
-          No son los guardias. Es otra cosa. No puedo contártelo.
Me siento en el sillón que no está lleno de sangre. Alek se sienta en el otro y pone su mano sobre la mía.
-          Ales… ¿Qué pasa? Puedes contármelo. En realidad será mejor así. De ese modo podemos ayudarnos.
-          No es tan fácil. No lo entenderías.
-          Pues al menos intenta explicármelo.
Tal vez deba explicárselo. Puede que lo entienda.
-          De acuerdo. Es sobre mis… mis sueños…- Ahí me detengo.
No puedo. Es imposible. Nunca lo entendería. Tengo que alejarme de ella todo lo que pueda. Y pasará lo que tenga que pasar. Es el destino…
-          No, no puedo. Ha sido un placer conocerte, Alek, pero tengo que irme.
Me levanto del sillón, pero cuando tan sólo he dado un paso noto la mano de Alek en mi muñeca. Me agarra fuerte y habla seria.
-          Ales, sé que tienes sueños premonitorios.


EL DESTINO DE UN SOÑADOR QUE NACIÓ PARA SER LIBRE

Cuarto capítulo- LAS COSAS BUENAS SIEMPRE SON EXTRAÑAS

Su casa está en el bosque. Es extraño que después de haber pasado gran parte de mi vida por esta zona nunca la haya visto. Aunque, volviendo a pensar en ello, nunca nos hemos desviado mucho de nuestro camino hacia la playa. Lo que sí es extraño es que nunca la hayamos visto a ella. Ni de camino a la playa, ni en la playa…
-          ¿Vas muy a menudo a la playa?- le pregunto, mirándole el cabello corto desde atrás. Es un poco más alta que yo.
-          La verdad es que sí, me gusta nadar un poco de vez en cuando.
¿Miente? Pero… ¿Por qué? Creí que éramos… una especia de… socios… Y si no miente, ¿Cómo es que nunca la he visto por la playa ni por ningún otro lado? Sin lugar a dudas, miente. Pues si ella quiere jugar a este juego, no lo va a tener fácil para ganar.
-          ¿Sí? Yo lo odio. No me gusta nada el agua. Sé nadar, pero lo justo y necesario para sobrevivir. Tuve una mala experiencia de pequeño. Me picó una medusa y des de entonces no me gusta nada el mar.
Soy un mal mentiroso. Un muy mal mentiroso. Me justifico demasiado. Tengo que aprender a callar. Si no voy con cuidado el ganador estará claro a cincuenta quilómetros de la meta. Y eso podría costarme la vida. Todavía no sé quién es, ni con quien está, ni el porqué de sus actos… No sé nada de ella. Y ella puede que sepa demasiado de mí…
Alek es siempre la que va por delante. La chica me guía hasta su casa. Se encarga de abrir paso entre las zarzas y avisarme de lo que hay por delante nuestro. Nos alejamos completamente del camino con el que he llegado a la playa. Tal vez por eso nunca la hemos visto…
-          Y… ¿des de cuando vives en el bosque? Es decir, sola…- Estoy dispuesto a averiguar más cosas sobre ella, o al menos a intentarlo, porque tal vez solo reciba mentiras.
No responde de inmediato, pero cuando lo hace, lo hace segura y decidida de lo que dice.
-          Sola des de hace diez años. Mis padres me tuvieron cuando tenían 40 años. Ellos huían del Dictador cuando encontraron esta casa y la reformaron como pudieron. Las malas condiciones hicieron que murieran diez años después de que yo naciera. Murieron jóvenes, pero me enseñaron mucho…
-          ¿Cazas?- le pregunto, sorprendido ante sus habilidades.
Vuelve a haber silencio antes de la respuesta. ¿Estará pensando que inventarse o es que de verdad este es un tema delicado? Tal vez… no debería preguntarle cosas así. No, sí que tengo que hacerlas si quiero que nadie me engañe de nuevo.
-          No, no podría. Y tampoco sabría. Mis padres no eran ningunos sádicos. Ni siquiera estaban acostumbrados al campo. Ellos venían de la ciudad. Ellos creían en la libertad y por eso en cuanto llegó el dictador tuvieron que escapar. Se revelaron, y perdieron… Ellos pensaban que si mataban a los animales para comérselos se convertirían en alguien como él. No querían quitarle la vida a nadie. Así que nunca aprendieron a cazar. Y no me enseñaron. Y aunque me hubiesen enseñado no podría hacerlo. No quiero convertirme en alguien como él…
Me cuesta entenderla. No porque sus palabras no tengan sentido, al contrario, lo tienen, y mucho. Pero me cuesta entender su manera de pensar. Es diferente. Posiblemente si le preguntaras a alguien de la ciudad qué haría si tuviese que vivir en el bosque te respondería que incluso sería capaz de matar a sus hermanos con tal de sobrevivir. La gente ahora es así. No sé si antes eran de otra manera porque cuando llegó el Dictador yo era muy pequeño todavía, pero de lo que sí que estoy seguro es que ahora la gente es egoísta, hipócrita y egocéntrica. Es como un perfil que nunca cambia. Algunos más que otros pero siempre con las mismas características. Y en cambio, ella… no. Ella no es capaz de matar a un animal con tal de no quitar ninguna vida. No sé si yo sería así… Tal vez hablo mucho de sinceridad, de la hipocresía de los demás pero yo… puede que no sea tan diferente. En comparación a ella, yo puede que no sea nada…
No vuelvo a preguntar nada. ¿Se habrá inventado todo lo que ha dicho? No lo sé, pero inventado o real, me ha dejado pequeño.
Ahora me concentro en el camino. Observo todo lo que hay a mi alrededor para que pueda ir y volver a su casa sin que me tenga que guiar nadie. El recorrido que hacemos es bastante sencillo. La mayoría del tiempo caminamos en línea recta. Solo algunas veces giramos hacia derecha o izquierda. Veinte minutos después de que hubiese decidido dejar de hacer preguntas llegamos a su casa.
Ante nosotros se extiende un pequeño claro. Lo que sin duda no es pequeño es la casa. El claro no será muy grande pero los padres de Alek supieron aprovechar muy bien el espacio. Es enorme. De dos pisos. Algo vieja pero estable. El tejado es bajo e inclinado. Tiene algunos agujeros, pero eso no parece que altere el equilibrio de la casa. Las ventanas no tienen ni cortinas ni persianas. Un porche pequeñito asoma al lado de la puerta. Las paredes no están pintadas y los tochos parece que hayan sido colocados un siglo atrás. Pero no me puedo quejar. Es más de lo que yo esperaba des de que la noticia de que mi madre había muerto llegó a mí. Y a pesar de todos los desperfectos, la casa no parece que vaya a caerse. Hasta puede parecer bonita si la miras des del ángulo adecuado. Sonrío. Me gusta.
-          ¿Vives aquí?- susurro, con admiración.
-          Sí, aquí es donde vivo desde hace veinte años. Está un poco vieja, pero tengo más que suficiente.
Me fijo en todos los detalles de la casa: en el pestillo roto que cuelga en la puerta, el cristal agrietado de la ventana de la esquina derecha, el moho que cubre la parte baja de la casa… Antes de que pueda acabar de observar el exterior de la casa, Alek abre la puerta de entrada, sin usar llaves, con un simple empujón. El chirrido de la puerta es acompañado de una nube de polvo que nos impide la visión del interior de la casa. ¿Y es aquí donde vive desde hace tanto tiempo? Parece que no hayan abierto esta puerta desde hace años.
Alek me deja pasar a mi primero. Entro a un pequeño recibidor. Todo está lleno de polvo y en la casa reina un silencio total. Sigo andando y llego hasta un gran salón con tan sólo dos sillones en el centro. Al fondo del salón hay una ventana que deja pasar un poco de luz. Si ahora mismo no estuviese Alek conmigo y no tuviese la certeza de que este lugar es el sitio más seguro ahora mismo, saldría corriendo. Esta casa parece sacada de una película de terror. Doy un paseo alrededor de los sillones y miro si Alek ha entrado ya. La veo cerrando la puerta y volviéndose hacia mí. Su actitud es diferente a la mía. Ella anda con total tranquilidad y naturalidad, como si fuese su casa. Bueno, es que es su casa. Yo, en cambio, lo hago intentando hacer el menor ruido posible, como si fuese a despertar a alguien. Cuando me habla, incluso estoy a punto de susurrarle.
-          ¿Te gusta?- me pregunta, entrando ella también en el salón.
Le hecho una última mirada antes de responderle.
-          Sí, está bastante bien. En comparación con lo que yo tenía pensado que pasaría después de que… mi madre… bueno, ya me entiendes, esto es un verdadero lujo.
-          ¿Y qué es lo que pensabas que pasaría?
-          Pues que me pasaría toda la noche durmiendo en el suelo y que, por la mañana, si gracias a un milagro seguía vivo, me pasaría todo el día en busca de comida. Y, como ya he podido darme cuenta mientras veníamos hasta aquí, poca cosa habría encontrado. ¿No decías que recolectabas? ¿Dónde están todos esos frutos?- Sonrío, incluso me permito ponerle un tono divertido a mi voz.
 Le he dado la vuelta a la tortilla, y eso me deja más tranquilo. Yo le he respondido medio en broma medio en serio, porque es eso lo que más o menos pensaba que pasaría, y ella ahora es la que me tiene que responder a mí. Y, si falla, sabré que está mintiendo. Paso un dedo por los sillones y una capa de polvo se adhiere a mi piel. La verdad es que estoy más relajado. A pesar de que esta casa me dé escalofríos, pensar que por fin estoy “a salvo”, me da una tranquilidad que en todo este tiempo había perdido por completo. Y esa tranquilidad me ha dado un buen humor que, creo, que antes ni siquiera tenía. Y ese humor puede ayudar a que Alek confíe más en mí.
Alek ríe un poco. Ella también parece tranquila. No tiene nada que ver con la Alek de la playa. Ya no noto esa tensión en sus palabras, en sus movimientos. Ya no se detiene para pensar lo que tiene que decir. Es más natural. Creo que ahora sí que es la Alek de verdad, o eso espero, porque mi voto de confianza está dado y no nos conviene perderlo a ninguno de los dos.
-          En la otra banda del bosque hay más frutos: moras, bayas, etc. Están ricas. Sólo hay que dar con las que no son venenosas- Y me guiña el ojo, divertida.
Alek desaparece del extraño salón y, pasando de nuevo por la entradita, sube unas escaleras de caracol (muy poco seguras desde mi punto de vista). Me quedo quieto. ¿Voy con ella o espero aquí? Es su casa, ella decide. No sé si acompañarla será demasiado arriesgado. Estoy más tranquilo, sí, pero todavía no hay tanta confianza. Aunque espero que dentro de poco la haya.
-          Ven, Ales- me ordena Alek des de la parte de arriba de la casa.
-          Voy.- Y en este momento me siento estúpido.
Subo rápidamente las escaleras y me reúno con ella, que se ha alejado unos pocos pasos de la escalera. Justo cuando acabo de subir el último peldaño me encuentro con una pequeña estancia, igual de grande que la entradita, cuya primera puerta da a un comedor con cocina. Me enseña primero esa parte.
-          Y aquí está la cocina y la mesa.- Señala con el dedo lo que corresponde con sus palabras.
Algo no encaja. Hay algo que es diferente…
-          ¿La cocina no debería estar en la planta baja? No sé, es lo habitual, ¿no? Es extraño que esté aquí arriba.
-          Bueno, las cosas buenas siempre son extrañas, ¿no?
Su pregunta me pilla de sorpresa. La verdad es que sí. No sé si esa frase significará lo mismo para ella que para mí. No sé ni siquiera si significará algo para ella o si simplemente ha sido una frase que le ha parecido misteriosa y la ha dicho, o si tan sólo ha sido para romper el hielo. Pero para mí tiene un significado muy importante. Claro que es verdad que las cosas buenas siempre son extrañas. Lo que ella hizo por mi madre fue bueno, y extraño. Esto que está haciendo ahora por mí es bueno, y extraño. Sinceramente, todo lo bueno que haga la gente para mí va a ser extraño siempre. Pero parece que a nadie le gustan las cosas fuera de lo común.
-          Pues sí, tienes toda la razón.
Los dos reímos y entramos en el comedor.
-          Sí, la verdad es que la cocina es lo mejor de esta casa. Apenas cuanta con una encimera, una pequeña nevera que ni siquiera funciona, una pica sin agua y una alacena. Pero hay de sobras. Ayer recogí algunas moras y bayas. Es poco pero aguantaremos hasta esta tarde.
Parece otra. Definitivamente, esta Alek es muy diferente a la que he conocido en la playa. Es mucho más agradable, y tal vez sincera.
-          Ven. Por aquí están las habitaciones. Hay muchas y son pequeñas, pero coge una persona sin dificultad.
-          Definitivamente, el espacio de esta casa está extrañamente distribuido.
-          Sí.
Las habitaciones no son más que unos cuantos metros cuadrados. Muchas están vacías y sólo tres tienen unos colchones viejos y rotos en el suelo.
-          Colchones. Más de lo que esperaba, sin duda- comento con una sonrisa en los labios.
Los dos nos quedamos en silencio. En la puerta de una de las habitaciones. Cada habitación tiene una ventana, pero muy poca luz entra por ellas. Así que la habitación está vagamente iluminada y nuestros rostros son solo sombras grises.
-          Gracias… Alek- le digo en voz alta, para que me escuche bien.
-          No hay de qué. Gracias a ti, no creo que hubiese aguantado mucho tiempo más. Las bayas y las moras son un buen alimento para unos días. Pero para todos… es difícil sobrevivir. Antes también me alimentaba de los restos de animales que otros animales dejaban. Más o menos una vez por semana comía carne. Pero des de hace unos meses no sé qué ha pasado que ya no encuentro muchos. La última vez que comí carne fue hace un mes y medio… Y pensaba que tu… podrías…, ya sabes…, cazar…- dice, poniéndole mucho cuidado a las últimas palabras.
Y toda la magia desaparece. Me quedo paralizado. Pensaba que éramos… amigos, más o menos; o que empezábamos a serlo. Estaba empezando a decidir dejar a un lado mis fines egoístas. No está bien querer estar con alguien tan sólo por los beneficios que puedas obtener al estar junto a esa persona. Había dejado ese haz de egoísmo que había aparecido temporalmente en mí y ya sólo me preocupaba su sinceridad. Sólo quería eso. Sinceridad. Un poco de verdad, pues no hubiese podido aguantar más si me volvía a encontrar con la hipocresía personalizada. Pensaba que empezaba a conocer a una Alek distinta, de verdad. Pero ya veo que solo estaba siendo amable para que yo cazara por ella. Seguramente también enterró a mi madre por lo mismo… No me lo puedo creer. Pensaba que había encontrado a alguien… no sé, distinto.
-          Entiendo. Sólo quieres que cace. Todo esto lo has hecho para que cace, ¿no?- Me vuelvo hacia ella, con los ojos pintados de cólera- ¡Yo pensaba que empezábamos a ser amigos, joder!- Las lágrimas empiezan a brotar de mi ojos- Pero no. Ya veo que estaba muy equivocado. Tú sólo quieres que te traiga carne. Porque tú no quieres ser una asesina, pero los demás sí tenemos que serlo para ti, ¿no? Pensaba que eras diferente, Alek. Pero ya veo que me alejaba de la realidad, y mucho. Demasiado, tal vez…  Pues lo siento, Alek, pero yo no pienso hacer el trabajo sucio por ti.
No es hasta que no acabo de hablar cuando me doy cuenta de que volvemos a estar en el pasillo y que su espalda está contra la pared. Mis brazos, situados cada uno a una banda de su cabeza, no le dejan salir. Y, aunque ella sea más alta y tenga más fuerza, ahora parece que el que controla la situación soy yo. Bajo mis brazos y empiezo a caminar hacia las escaleras. Era demasiado bonito para ser verdad. Tal vez, a veces, las cosas extrañas también son malas…
-          Espera, Ales. No, lo siento. No pretendía que pensaras eso. Yo solo quería decir que podrías cazar, si quieres. Sólo si quieres. Sino no pasa nada. También se puede vivir de las bayas y las moras. Y hay muchos otros frutos por aquí. Sólo hay que buscar-Corre hacia mí y, antes de que pueda bajar el próximo escalón, me coge de la muñeca- Lo siento, Ales, de verdad. Lo siento muchísimo. Te prometo que de ahora en adelante no voy a ser nunca egoísta. Siempre voy a ser sincera…
Parece que me conozca de toda la vida. Me sorprende que haya podido aprender tantas cosas de mí tan sólo sabiendo más o menos mi forma de ser. ¿Cómo sabe que sólo me gustan las cosas que son de verdad, que no son manipuladas por nadie? Es muy inteligente esta chica.
Me vuelvo hacia ella. La miro a sus ojos verdes. Ella también me mira, muy seria y con un poco de esperanza reflejada en el rostro. Creo que debo andar con más cuidado. Quiero que tengamos confianza, pero la confianza tarda en encontrarse y será mejor así. Tendré que conocerla mejor antes de decidir si quedarme o no.
-          De acuerdo. De momento me quedo. Pero tenemos que hablar.
-          Vale. Siento haberte dicho eso de antes. ¿Sobre qué tenemos que hablar?
-          Sobre ti.
Alek parece extrañada. Y preocupada. Traga saliva y se sonrojan sus mejillas. ¿Por qué está tan preocupada? Tal vez no le guste hablar sobre ella misma.
-          Muy bien. Espérame aquí, voy a por el tarro de moras y así vamos comiendo un poco.
Alek va a la cocina y regresa en diez segundos. Bajo yo primero y después ella. La espero abajo. Ella se dirige hacia el salón y se sienta en uno de los sillones, haciendo caso omiso al polvo que los cubre. Yo hago lo mismo. Hay muy poca luz y su rostro se ve muy oscuro. Será mejor así, pues será más fácil formular mis preguntas, aunque si quiero saber si miente o no lo tendré bastante difícil.
-          Bien, ¿qué quieres saber sobre mí?
«Todo»- pienso, pero es mejor ir por partes. Ahora mismo tengo dudas que hace segundos no sabía que tenía.
-          Para empezar… ¿Cómo es que tenías chocolate si según tú solo te alimentas de frutos que encuentras por el bosque?
Responde de inmediato.
-          Lo robé. Tenía tan poca comida que me acerqué a la ciudad y robé un poco de chocolate y una botella de leche. Fui a mi casa, cogí un cazo y unas cerillas y me acerqué a la playa para hacer chocolate caliente. Pensé que al volver podría recoger algunas moras. Pero entonces, te encontré.
Sus argumentos son buenos, pero algo aquí no encaja.
-          ¿Chocolate? ¿Te arriesgas a que alguien te encuentre en la ciudad y tan sólo coges chocolate?
-          Sí. Iba a coger más cosas pero en ese momento llegaron los dueños de la casa y tuve que salir por la ventana.-Su voz suena monótona. No expresa ninguna emoción, simplemente explica.
Otra vez me vuelve a ganar. Pero el juego no ha acabado aquí.
-          Si fueron tus padres los que huyeron de la ley, ¿por qué tú, después de que ellos murieran, sigues huyendo? No creo que a ti vayan a hacerte nada.
-          Claro que me harían. Cuando alguien incumple las leyes y huye, sus hijos son igual de buscados y serán igual de castigados. Es una de las injusticias de estas leyes. Es algo que deberías saber.
Su historia cada vez concuerda más.
-          ¿Por qué me ayudaste? ¿Por qué no hiciste tu chocolate caliente y te fuiste? No lo entiendo.
-          No te enfades de nuevo, pero al principio pensé eso, que tú podrías cazar. Pero ahora me has empezado a caer bien y no quiero que te vayas. Creo que podremos convivir bien y ayudarnos mutuamente.
Pone su mano sobre la mía. Yo no la aparto. Ha dicho la verdad. No debo desconfiar tanto de ella. Esto es un sinfín de emociones y me tengo que decantar por unas u otras.
-          ¿Puedo hacerte yo ahora una pregunta?
Dudo. No sé si ella lo será, pero yo sí que soy de ese tipo de personas a las que no les gusta hablar de sí mismo. Prefiero guardar mis cosas para mí. Pero ella ha respondido a las mías. Sería injusto que yo no le diera esa posibilidad.
-          Claro. Yo te las he hecho a ti.
Alek coge una mora y se la lleva a la boca. Después de comer habla. Mientras lo hace yo también como una. Pero su pregunta hace que casi me atragante.
-          No es por ser cotilla, y si no quieres responder no te obligo, por supuesto. Pero… me gustaría saber… porqué huyes del Dictador. ¿Qué has hecho para que tengas que huir?
No la miro. No, no voy a contestar a su pregunta. Debería haber imaginado que no lo iba a hacer.
-          No quiero… responderla. Me voy arriba a descansar un rato. Sé que es de día y que hay que ir a por comida, así que estaré poco rato. Ah, y cazaré. Creo que es lo mejor. Y será una buena manera de agradecerte lo que has hecho por mí. Siento haberme puesto así antes. Tal vez sea demasiado desconfiado…
No me dice nada. Si no fuera porque hay suficiente luz para ver su rostro, juraría que se ha ido. Pero no es así. Se mira las manos. Me levanto, subo las escaleras en silencio y me meto en la primera habitación con colchón que veo. Cinco minutos más tarde escucho sus pasos acercarse. Y unos segundos después su silueta al pasar junto a “mi” habitación. Parece que ella también quiere descansar.
Esta vez no puedo dormirme. Hay mucho por hacer hoy y solo necesito tumbarme un rato para recomponer mis fuerzas. Pero… Pero… ¿por qué el sueño siempre me controla?

Sudores. Temblores. Terror. Así me despierto. Mi ropa, que ya estaba sucia antes, ahora está mojada y apestosa. Me miro las manos. Tiemblan tanto que no consigo distinguir ni las uñas. Abro mucho los ojos. Tengo miedo. Me intento sentar en la cama, pero no puedo. Me duele todo. Tengo que intentar dejar la mente en blanco. Mierda. Otra vez un sueño premonitorio. No puedo. No puedo dejar mi mente en blanco. Ni siquiera puedo cerrar los ojos. El terror me invade. Tengo miedo, mucho miedo. Mi cuerpo empieza a temblar aún más fuerte. Noto como las gotas de sudor caen por mi frente. Me toco el pelo mojado. Hago un esfuerzo por cerrar los ojos. Me duelen los parpados. Pero ese segundo en el que mis ojos se cierran el significado del sueño viene a mí. En ese instante todo se detiene. El tiempo. El dolor. Mis sudores. Los temblores. Pero el miedo no, el miedo sigue igual de intenso, incluso más. Y mis ojos ahora sí que no se van a poder cerrar. El miedo ahora ocupa todo mi cuerpo. Una muerte. Eso es lo que pasará. Una muerte. La muerte de Alek.

dissabte, 22 de juny de 2013

EL DESTINO DE UN SOÑADOR QUE NACIÓ PARA SER LIBRE

Tercer capítulo- OCURRE DE VERDAD

La chica de pelo corto se levanta y empieza a cavar. Lo hace con las manos. Yo me quedo mirando la olla. Todavía queda bastante chocolate. Pensaba que habíamos quedado en que lo compartiríamos. Sé que lo más amable sería dejar el cucharón en la olla e ir a ayudarla. Pero el chocolate está demasiado bueno y no me puedo arriesgar a que sea una trampa. Primero tengo que comprobar que no hay nadie escondido entre los árboles. Los recorro con la mirada. Ni un solo movimiento. Sólo el viento zarandea un poco sus copas. Pero ya me aseguro de que no haya nadie escondido allí. Nada. No hay nadie. En esta playa sólo estamos ella y yo. De momento…
Me acabo el chocolate lo más deprisa que puedo y me acerco a la chica aún con la última cucharada en la boca. Trago el chocolate que tengo y me pongo frente a ella a cavar la tumba de mi madre. No la miro a los ojos. Ella tampoco lo hace. No decimos nada.  A parte de esas frases que hemos intercambiado cuando nos hemos “conocido” no hemos vuelto a hablarnos. Pero, si esto no es ningún truco y está pasando de verdad, no puedo discutir que no es una buena chica. Aunque todavía no sé si es del todo cierto. Como dije hace un año, en esta vida no hay nada verdadero del todo…
-          Gracias…- susurro cuando llevamos medio metro cavado.
Ella no responde. Sigue sin hablar. La verdad es que no le hubiese dicho nada si no hubiésemos cavado tanto. Pero llegados este punto dejo un poco mi desconfianza a un lado y me obligo a pensar que al menos, a mi madre, la enterraremos. Su actitud sigue siendo fría. Pero, si todo esto no es obra del dictador, ¿de quién es? Porque estoy seguro que él no hubiese permitido que me dejaran enterrar a mi madre. Aunque todavía no la he enterrado, así que no puedo cantar victoria hasta que lo haga. Seguro que cuando estemos a punto de meter el cadáver se lo llevará y me matará. El cadáver… El cadáv… ¿Dónde está? Con la sorpresa del momento y la esperanza de poder realizar lo que tenía que realizarse sí o sí me he olvidado por completo de él. De lo más importante. Y me doy cuenta cuando ya hemos conseguido la profundidad suficiente para poder enterrarla sin que se sospeche nada. La miro. Pero ella no me mira a mí. No logro verle los ojos, pues mira para abajo y el flequillo que cae sobre su frente de lado se los tapa.
-          ¿Dónde está…, dónde está mi madre?- le pregunto esta vez alto y claro, sin susurrar.
Tampoco responde. Pero por fin me mira. Su rostro sigue sin tener expresión alguna. Parece un poco triste, aunque se esfuerza mucho en esconderlo. Se aparta del agujero y se acerca un poco a mí, todavía con las rodillas en la arena. Me coge el hombro, al principio suavemente y después con fuerza. Y mis ojos ahora se dirigen al agujero de aproximadamente un metro de profundidad. No querrá…, no querrá enterrarme vivo, ¿no? Me asusto. Mucho. Y es que esto es para asustarse. Miro a mi alrededor, buscando por todos lados a los guardias, o al mismísimo dictador. Ella me sigue cogiendo del brazo y me mira directamente a los ojos. Yo también lo hago, intentándome alejar como puedo. Sus ojos verdes me recorren todo el rostro. Mi cara de horror debe ser reconocible a metros de distancia. En estos momentos todo se ve borroso, nada se ve claro. Mis ojos miran hacia todos los lados sin poder reconocer nada. Al final consigo zafarme de su mano y me alejo de ella aun sentado. Pero no se da por vencida. Me coge el pie, aunque esta vez con más suavidad. Mi corazón vuelve a latir deprisa y parece que vaya a explotar. Sudo. Tiemblo. Jadeo.
-          No, tranquilo… Sígueme…- su voz suena suave y débil, nada que ver con la fuerza que tiene en los brazos.
Ella se levanta. Yo tardo un poco más y hasta que no se separa de mí un par de metros no lo hago. Se adentra un poco en el bosque, tan sólo unos cinco metros. Yo me quedo en el inicio de él, esperándola, pues no me fío después de lo que acaba de pasar y del miedo que todavía siento. Los latidos de mi corazón se ralentizan un poco, pero aun así siguen yendo más rápidos de lo normal. Cuando vuelve me doy cuenta de que lleva algo en los brazos. Algo grande. Cuando consigo distinguir la sabana y las distintas formas que se crean bajo ella voy corriendo hacia allí. Se la quito de las manos descaradamente. La chica se molesta un poco, pero pasa de largo y se dirige de nuevo al agujero. Yo llego unos segundo más tarde. Me agacho y, con la ayuda de la chica, dejo a mi madre dentro del agujero, todavía con la sabana encima. Los dos nos quedamos mirando el cadáver tapado. Un minuto. Un minuto en el que los dos nos olvidamos del otro. O al menos yo. Sólo pienso en ella, en mi madre. Sólo pienso en si conseguiré reunir el valor para destaparla y ver su cuerpo sin vida una última vez. Ella no me mete prisas. Incluso parece triste también. Qué buena actriz… Me agacho un poco más y alargo la mano hacia abajo, para alcanzar la sabana. Cierro los ojos y la toco. La cojo aun con los ojos cerrados. Me quedo unos segundo ahí parado y… estiro de ella hacia arriba. Escucho como algunos granos de arena se desprenden de las paredes del agujero y caen. Sigo con los ojos cerrados. Pero aun no me fío que esa chica tan extraña no me la vaya a quitar en el último segundo. Abro los ojos. La veo. Una lágrima se desprende de mi s ojos. Aprieto los puños. Su piel ahora está un poco más pálida que antes. Sus ojos siguen abiertos e inexpresivos. Su cuerpo está, simplemente… muerto. No soporto verla así. Alargo el brazo una vez más y le cierro los ojos, delicadamente. Me levanto y busco algo en el bosque desde esta parte de la playa. Alguna flor, algo bonito que pueda llevarse consigo. A lo lejos veo unas pequeñas flores azules. Son pocas, pero bastaran. Tampoco puedo pedir mucho, ya tengo incluso más de lo que me esperaba. Voy corriendo hacia ellas y las cojo, sin despegar la vista ni un momento de la chica. Vuelvo y me quedo de pie. Ella también se levanta. Miramos el cadáver. Tiro las flores dentro del agujero. Casi no se ven desde aquí. Son muy pequeñas y parece que no haya nada… Ahora mismo me encantaría tener un ramo de tulipanes rojos. Era su flor preferida. Los he visto muy pocas veces, pero son preciosos…
-          Te quiero- susurro tan flojo que no se si mi compañera me ha escuchado.
Y no pierdo más tiempo. Empiezo a coger arena con las manos y la echo encima de ella. Empiezo por los pies. Se me hace raro echarle arena en la cara a mi madre. Y prefiero poder ver su rostro durante un rato más. Retenerlo en la memoria para siempre y que jamás salga de ahí.
-          ¿Te… ayudo?- dice la chica con un hilo de voz.
-          Sí…, gracias.-Me dejo ayudar, aunque no detengo mi trabajo para decírselo.
La arena se empieza a amontonar en su cuerpo. En unos minutos casi hemos acabado. La chica me deja que ponga yo el último grano de arena. Es en ese momento en el que me fijo en ella. Me sorprende todo lo que ha hecho por mí. Pero también lo hace su vestimenta. Es diferente. La mayoría de personas llevan unos pantalones anchos y la misma camiseta. Todos la misma. Normas del dictador. Pero ella no. Ella lleva unos pantalones marrones oscuros ajustados pero elásticos. Su camiseta es de tirantes y negra, y la lleva por dentro de los pantalones. Es lo que más me sorprende porque no hace tiempo para ir con tirantes, pero no parece que pase frío. Sus zapatos también son muy distintos a los del resto de la gente. Son unas botas de un amarillo pálido. Pero no unas botas de montaña, son más sofisticadas, pero sin perder la comodidad. Tiene cordones y pasan unos cinco centímetros del tobillo. La suela es ancha. Es muy curiosa su ropa. Parece de deporte, pero a la vez se ve muy resistente. Es… difícil de explicar. La chica se da cuenta de que la miro. Ahora ya no lo escondo. Ha hecho algo de verdad. Y eso se merece un voto de confianza. Aunque sea de momento, porque ahora ya estoy empezando a dudar de que alguien vaya a irrumpir en esta playa y estropearlo todo. Bordeo la “tumba” que hemos hecho y la abrazo. No sé si habrá sido casualidad que esta chica haya aparecido en mi último sueño premonitorio. No lo sé. Y por una vez me gustaría pensar en las casualidades. Por una vez me gustaría dejar de pensar que los sueños no es lo que envuelve mi vida, que mi vida no gira entorno a ellos. Quiero dejar de pensar en los sueños por una vez… Pero no sé si eso será lo mejor…
-          Gracias- vuelvo a susurrarle.
-          No hay de qué.
Esta vez ella sí que me ha contestado. Pero sí hay de qué. Ella me ha ayudado a enterrar a mi madre. Y después de esto ya no sé qué pensar de ella… Lo mejor será alejarme. Me ha demostrado que es una buena persona, pero no me puedo arriesgar. No puedo ser un ingenuo otra vez y dejarme a llevar por las mentiras de los demás. Antes estaba actuando, tengo que recordar eso. Ahora… no lo sé, pero antes sí. Y no puedo olvidarme de ese momento.
-          Bueno…, yo ya me voy. Es de noche y… me tengo que ir. Adiós- me despido, separándome de ella.
No puedo decirle que huyo, y menos del dictador. Podría entregarme a ellos si se entera. Está decidido. Me tengo que alejar de ella. Pero parece que la chica no está de acuerdo con mi decisión.
-          Pero…- Se queda pensativa, ¿otra vez actuando?- ¿Tienes algún sitio a dónde ir?
-          Sí…- miento, dando unos pasos hacia el bosque, ella se queda en el sitio donde estaba.
-          ¿Seguro? No parece que...
¿Cómo sabe tantas cosas?
-          ¿Por qué lo vuelves a preguntar? Si ya te he dicho que…
-          Lo sé, pero es que como has venido a enterrar… a tu madre, y solo, pues pensaba que no tenías a nadie y que… si querías… podrías quedarte un tiempo en mi casa…
Me vuelvo, incrédulo.
-          ¿Por qué iba a querer ir a tu casa?
Me cuesta un poco ser así de grosero, y más teniendo en cuenta que ella está siendo así de amable. Pero aún hay muchas preguntas sin responder. Muchas casualidades que todavía no me cuadran. Podría ser una de ellos. ¿Si no cómo se explica que nos haya encontrado en esta playa, en el momento más indicado? Poca gente conoce este trocito de mundo. Sería demasiada casualidad que, justo hoy, ella la haya descubierto.
-          Pues porque soy como tú. Vivo sola y apartada de la ciudad donde el dictador gobierna. También huyo de él. Por eso pensaba que a lo mejor podríamos unirnos, así seriamos más fuertes y podríamos sobrevivir con más facilidad.
¡¿CÓMO SABE TANTAS COSAS?! Es muy lista, demasiado tal vez. La desconfianza vuelve a apoderarse de mí. Pero lo que dice tiene sentido, mucho sentido. Si es verdad lo que dice, tendría menos problemas de los que tengo y mi vida ahora mismo se solucionaría al menos un poco. Prácticamente esta es una oportunidad de oro. Puede que sin un compañero no consiga sobrevivir. Pero sólo será durante un tiempo, un par de semanas como mucho. Sólo estaré en su casa el tiempo estrictamente necesario.
-          De acuerdo. Trato hecho. Viviremos juntos, pero sólo para sobrevivir.
-          Claro. ¿Cómo te llamas?
-          Alessandro, pero puedes llamarme Ales- le respondo, mirando nuestras manos que se estrechan.

-          Qué casualidad. Yo soy Aleksandra, pero puedes llamarme Alek.

divendres, 21 de juny de 2013

EL DESTINO DE UN SOÑADOR QUE NACIÓ PARA SER LIBRE

Segundo capítulo- LA CHICA DE MIS SUEÑOS

Las hojas secas, producto de este marzo pasado tan seco, crujen bajo mis pies. A medida que avanzo por el bosque se me hace más difícil caminar. El peso del cadáver parece ser cada vez mayor. Las raíces de los árboles, contra más me adentro en el bosque, más anchas y largas son, así que grandes raíces sobresalen impidiéndome el paso. Y mi tristeza e incredulidad a cada paso aumenta monstruosamente. Todavía no me puedo creer lo que me está sucediendo. Todavía no logro creer que mi madre se haya ido y me haya quedado sólo por completo aquí. No consigo asumir que mi madre me ocultó su enfermedad. Con un poco de esfuerzo y sacrificios podríamos haber pagado el costoso tratamiento. Podríamos haberlo intentado… ¿Tan poco confiaba en mí? No. No quiero pensar en eso. No quiero pensar que mi madre me ocultaba su vida y no confiaba en mí. Claro que confiaba en mí. Y me quería. Tal vez por eso lo hizo. No querría que me preocupase. Sí. Seguro que fue eso. Me quería demasiado. O eso espero…
El quilómetro entero que llevo caminando ha pasado factura a mi espalda y tengo que detenerme si no quiero derrumbarme aquí mismo. Dejo el cadáver recostado al lado de un árbol, con la cabeza apoyada delicadamente en una piedra. Unos metros más allá me siento en una raíz que ha salido de la tierra con exageración. Me paso las manos por la cara y simplemente lloro. Lloro sin pensar en nada. Lloro por ella, no por ellos. Lloro porque quiero llorar. Lo necesito. Agarro la raíz con fuerza y la tierra que está pegada a ella se desprende en silencio. Un silencio que sólo mis llantos interrumpen. Paro. Ahora no puedo llorar. No, ahora no. Tengo un cuerpo…, alma, mejor llamarlo alma, porque eso es lo único que queda ya de ella… Pero… No, es un cuerpo. No puedo mentirme a mí mismo. Es un puto cadáver que han creado ellos por su egoísmo y falta de altruismo. Y no estoy dispuesto a dejar que los asquerosos guardias se ocupen de ella. Quiero enterrarla en la playa, justo en el lugar donde pasábamos casi todos los días de verano y alguno que otro de invierno. Esa playa que está tras este bosque. Ese pequeñito golfo… Los recuerdos de esos días de verano, esos días que estaban a punto de llegar, hacen que una lágrima vuelva a brotar de mis ojos. Me levanto para no seguir llorando. No debo hacerlo. Debo seguir adelante.
Coger el cuerpo esta vez no me resulta tan pesado. Al contrario. Su peso es lo que me da fuerzas para seguir adelante y no caer.
Los minutos pasan y este bosque no acaba nunca. El largo camino se hacía más corto cuando mi compañera todavía podía sostenerse en pie. Miro el cielo. El sol comienza a ponerse y las sombras de los árboles se unen cada vez más a la oscuridad que va inundando el bosque. Y aunque antes pensaba que el peso no importaba como para detener mi camino, ahora lo retiro absolutamente. Después de estar media hora caminando mis piernas comienzan a flojear. Pero no puedo para ahora, estoy demasiado cerca como para…
Lo oigo. El murmullo de las olas me relaja y por un momento estoy a punto de dejar caer el cuerpo de mi madre al suelo. La sostengo mejor e intento relajarme unos segundos antes de entrar. Tan sólo unos metros de árboles nos separan de ella. Tan sólo unos metros de árboles me detienen de los recuerdos que jamás volveré a vivir i que, con mi mala suerte, iré olvidando a lo largo de los años. Los olvidaré si consigo sobrevivir…
Hace 5 años, cuando tenía 12 años. Mi madre tomaba el sol en ropa interior, ya que no disponíamos de bañadores y ahí nadie nos veía. Yo intentaba nadar en el mar, pues era difícil con las olas que me mecían en el agua. De una banda a otra del golfo nadaba, durante horas. No me cansaba. Porque eso simplemente me hacía sentir vivo. Sin embargo, aquel día, vi una medusa cerca de mí y se acabó el baño por unas cuantas horas. Entonces me acerqué a mi madre y la susurré al oído:
-          Mamá, ya sé lo que quiero ser de mayor. Quiero ser nadador. Quiero nadar cien veces al día esta playa- dije, orgulloso de mi decisión.
-          ¿Nadador? Es una bonita profesión. Pero no sé si eso te servirá de mucho para ganar dinero para comer.
-          No importa comer, yo solo quiero nadar- protesté en voz baja.
Mi madre rio y aceptó mi decisión por entonces.
Que ingenuo era por ese entonces yo. ¿Ganarme la vida nadando? ¿Pero en que estaba pensando? En esta vida solo triunfan los más ricos, y tan sólo por influencias e intereses… Los demás no tenemos ni una sola posibilidad.
Hace 10 años mi pie luchaba contra el miedo al agua e intentaba tocarla. La arena caliente me obligaba a darme prisa por superar ese miedo. Pero cada vez que aproximaba mi pie al agua, un impulso procedente de a saber dónde, me obligaba a retroceder dos pasos. Y vuelta a empezar. Hasta que una ola más grande de lo normal en aquella mañana de agosto me pilló desprevenido. El agua fría me bañó las piernas. Y eso me produjo un escalofrío. Un escalofrío que me gustó. Mi madre me observaba alegre desde unos metros más allá de la orilla.
-          ¡Ya te dije que el agua no es más mala que la tierra! Incluso a veces los que viven en ella son más sensatos que los que están aquí.- me gritó mientras yo reía por lo que acababa de pasar.
En aquel instante esas palabras no tenían mucho sentido para mí. Yo sólo estaba alegre por haber superado un miedo tan absurdo como aquél. Poco después descubrí su significado. Y cuánta razón tenían y tienen… Siempre lo han tenido…, y ahora más que nunca.
 Y hace tan sólo un año, me senté con mi madre en la orilla para charlar. Pocas veces hacía eso, siempre me pasaba horas nadando. Pero aquel día no me apetecía ni siquiera tocar el agua.
-          Mamá… ¿Alguna vez has pensado en la sinceridad de la gente? ¿Alguna vez has creído en ella?- le pregunté sin mirarle a los ojos, sino a un punto en el horizonte en el que el sol y el mar se cruzaban.
Ella quedó extrañada. Posiblemente no entendió bien mi pregunta. Quizá no me expresé bien.
-          Es decir, ¿alguna vez has pensado que lo que dice la que gente es del todo verdad? La gente miente mucho, demasiado. Así que creo, al menos yo, que cuando intentan decir una verdad completa las mentiras los invaden y no le dejan decirla. O tal vez los demás sean los que no los dejen decirla. Todos ellos. Los que gobiernan. Los agricultores. Los empresarios. Los mismos niños. Todos pertenecen a una gran mentira que ni siquiera ellos saben que existe. Eso es lo malo de mentir, que llega un punto en el que no sabes lo que es de verdad ni lo que es de mentira. O, tal vez, es simple y pura hipocresía. Da igual. Sigo sin creen en la sinceridad de nadie. No creo que haya nadie completamente… ¿puro? ¿Tú crees en ello, mamá?
Ella calló, no produjo ni un solo sonido. Simplemente apretó los labios y se limitó a mirar fijamente la fina arena. No creía en la sinceridad, lo sabía. Su silencio bastaba para saberlo. Yo ya había perdido esa creencia hacía un tiempo, pero no me gustó que una persona como ella también la perdiese. Aunque, al fin y al cabo, eso te ayuda a sobrevivir, ¿no?

Empiezo a llorar. Las emociones cuando veo el agua de la playa son demasiado fuertes y no puedo controlarlas. Y me derrumbo. No puedo más. Doy unos pasos y sólo logro llegar a mitad de camino del agua. Dejo el cuerpo con cuidado y me dirijo a una roca cercana gateando. Me apoyo en ella y empiezo a llorar desconsoladamente. Allí nadie podrá verme y tampoco lograría reprimir las lágrimas por mucho tiempo más. Aún tengo unas horas antes de que den con mi paradero. Esta playa nadie la visita, y nunca nadie nos ha visto aquí. Así que no sospecharan que esté aquí. Pero a medida que mis lágrimas van cayendo por mis mejillas, mis ojos empiezan a cerrarse. No puedo dormirme. Necesito… necesito hacer algo con ella. No me quedará tiemp… No podr… Mis ojos se cier…

Me despierta un olor intenso y algo acogedor. No sé lo que es. Es bastante distinto a todo lo que había olido antes. Huele… ¿bien? No lo sé. Me gusta el olor, pero a la vez lo desconozco. No me fio mucho. Mis ojos se abren de par en par, alarmados, y me hago una bola en el sitio en el que estoy. La piedra me tapa de todo lo que haya a mis espaldas. Pero hay alguien allí. Aunque no lo vea, lo sé. Ese olor lo ha provocado alguien. El cuerpo… ¿Seguirá en el sitio donde lo dejé? Mi vista se detiene en el trozo de arena donde lo dejé.  No veo muy bien. Se ha hecho de noche. ¿Cuánto he dormido? Pero no consigo calcular las horas. El alma se me cae a los pies. O incluso más abajo. Arena. Sólo hay eso. Consigo distinguir algo entre la negrura. Y es arena. Nada más. Seguro que han sido ellos. ¿Quién podría ser sino? El tiempo se me ha acabado y los guardias me han encontrado. ¿Qué le estarán haciendo a ella? Ese olor… ¿Vendrá de lo que le estén haciendo? No puedo más… No pienso dejar que le hagan eso. Aunque ya esté muerta no puedo permitir que no tenga una despedida como se merece. No quiero ni que la toquen. Esto ya ha llegado a un límite que no puedo controlar. Menos mal que no he tenido ningún sueño premonitorio esta vez y estoy más lúcido que nunca.
-          ¡NO! ¡PARAD! ¡NI SIQUIERA LA TOQUEIS! - grito, saliendo de mi escondite y cerrando los ojos para no ver lo que le están haciendo.
Silencio. Como respuesta sólo consigo un susurro del viento. Sigo con los ojos cerrados. Pero sigo sin conseguir respuesta. Voy abriéndolos poco a poco. Me espero lo peor. Sin embargo… Sin embargo… ¿quién es? La chica que me mira sorprendida desde la pequeña fogata que habrá echo ella misma, ¿quién es? ¿Por qué me resulta tan familiar? ¿Por qué tiene el pelo corto? ¿Por qué tiene el cabello castaño? ¿Por qué es idéntica a la de mi sueño? No… No quiero que sea ella. Creía que por una vez se habían acabado los sueños premonitorios. Creía que al menos por una vez iba a ser diferente. Y hoy… Hoy tenía que ser diferente…
-          Tú… No… ¡TÚ NO PUEDES SER ELLA! ¡ES IMPOSIBLE! ¡NO QUIERO QUE SEAS!
Rompo a llorar. De rabia, de impotencia, de tristeza, de sorpresa… De todo. Las piernas me fallan y no consigo entender nada. No sé qué hubiese preferido. Si ellos o ella… Pensaba que los sueños me iban a dejar en paz de una vez. Casi había conseguido olvidarme de ellos.
Doy una patada a la arena y caigo al suelo. Me siento y me vuelvo a apoyar en la piedra, esta vez en la otra banda. Me tapo la cara y sigo llorando.
-          ¿De qué chica estas hablando? No sé de qué estás hablando. Pero tranquilízate. Después enterraremos a tu madre. ¿Quieres un poco de chocolate caliente?- su voz es monótona y no muestra ninguna emoción. Ni enfado, ni compasión, ni nada.
Sus últimas palabras me cambian el estado de ánimo. No las del chocolate, sino las otras. Más bien sus penúltimas palabras. Las que tenían que ver con mi madre. ¿De verdad quiere enterrarla? Pero no se lo voy a preguntar. No quiero estropear nada y que después se eche atrás.
-          No sé si me gusta. Nunca lo he probado…
Pero me muero de hambre. No podría negarme a una cosa así. Me seco las lágrimas con la camiseta y me pongo en pie, intentándome tranquilizar y haciendo un esfuerzo por no echarme de nuevo a llorar. Ella coge el cucharon con el que mueve el chocolate y me lo da lleno de un líquido espeso. Le doy un sorbo. Quema mucho. ¡Muchísimo! Pero me gusta. Tiene un sabor dulce y delicioso. Noto como baja por mi estómago y me quema. No obstante, ese sabor delicioso se me queda en la boca y lo saboreo.
-          Está bueno…- susurro.
La chica de pelo corto se acerca a la fogata y se sienta. Me hace indicaciones de que vaya con ella. Y lo hago. No puedo cometer ningún error. Ella seguramente sea la única persona que se ofrecería voluntaria para hacer algo como lo que quiere hacer por mi madre. Así que tengo que ir con cuidado.
-          Dentro de un rato enterraremos a tu madre. Pero primero nos acabamos este chocolate, ¿no?
Y esboza una pequeña sonrisa forzada. Sus palabras también son forzadas. Está actuando. Se nota a mil leguas. No es de fiar. Aunque tenga la misma edad que yo aproximadamente, tal vez un poco más mayor, y no esté metida del todo en el asunto, puede que esté compinchada con el dictador. Pero debo seguir con ella si quiero que me dé tiempo a enterrar a mi madre. Se ha hecho tarde y yo solo no podría conseguirlo. Además, tiene chocolate y está delicioso.
Nos pasamos un buen rato sin hablar. Sólo comemos. Ella deja la mirada fija en la fogata. Pero yo no puedo dejar la mente en blanco tan fácilmente, tengo que estar despierto del todo para que cuando los refuerzos de la chica lleguen no me pillen desprevenido.




dissabte, 1 de juny de 2013

EL DESTINO DE UN SOÑADOR QUE NACIÓ PARA SER LIBRE

Primer capítulo- MI FUTURO NO ES FUTURO


Noto el tacto frio de la mano de mi perseguidor. Su mano contra mi espalda me produce un fuerte estremecimiento. Su piel es tan fría y el sol ha puesto tan caliente la mía que, por una parte, es un alivio ese cambio de temperatura. Aun así sigo corriendo entre las altas dunas del desierto, que parecen más grandes de lo normal hasta tal punto que me pregunto si serán artificiales o una extraña creación de la naturaleza. Sea lo que sea, ahora no importa. Pocas cosas importan en este momento. Dejo a un lado el intenso calor que me sube por los descalzos pies, el flato que no hace más que extenderse por todo mi abdomen, el sudor que me pega la camiseta y el pantalón a la piel; todo, y sigo corriendo. En eso centro mi cerebro, en correr. Sin embargo, mis esfuerzos no son suficientes. Los dedos de ese ser que me persigue están pegados a mi espalda, tan sólo es cuestión de segundos que me alcance toda su mano y me atrape entre sus brazos. Mis piernas flojean, agotadas por la larga persecución. Aunque parece que él no está cansado, es imparable. Mis pies se enredan en esa última esperanza que tenía en huir, y caigo al suelo. Espero a que mi perseguidor se me eche encima, pero la espera se hace eterna. Nadie me levanta con brusquedad ni me retiene. Sólo el calor de la arena llega hasta mí. Pero tampoco me levanto. A pesar de que la arena me arda en la piel, no consigo mover ni un solo músculo. Estoy demasiado cansado. Y es tan cómodo este suelo… Cierro los ojos lentamente, viendo a lo lejos como un escorpión se esconde de nosotros bajo la arena dejando tan sólo un pequeño bultito. No obstante, mi descanso no dura demasiado. Un grito de terror llega a mis oídos, tan familiar como el canto de los pájaros de madrugada. Y me estremezco, esta vez de terror y no de frio. Sin ser yo quien controla mis movimientos, alzo la cabeza con desesperación por ver de donde proviene. Pero la bajo de seguida al notar un fuerte dolor en la pierna. Giro la cabeza. Y entonces lo veo. Ese ser que me ha estado persiguiendo. El mismo ser que me ha clavado una daga en la pierna para detener mi movimiento. Ese ser… soy yo. Va vestido con mi misma ropa, pantalones tejanos largos y camiseta gris de manga corta. Su rostro es idéntico al mío. Mis ojos se abren como platos al verlo. Resulta raro verme sin que haya un espejo delante de mí. Mi boca entreabierta muestra un desconcierto que él no siente. Las comisuras de sus labios se elevan mostrando una malvada sonrisa que resulta extraña en mi rostro. Al ver que da un paso hacia mí, mi cara cambia a una que muestra un gran terror. Y a medida que se acerca más y más, se hace tan insoportable ese miedo que necesito cerrar los ojos. Pero no lo hago, hay algo misterioso en él que ocupa toda mi atención. Sus ojos…, no son iguales a los míos… Rojas, sus pupilas son de un rojo parecido al de la sangre. Me alejo, aún tumbado en la arena y con la sangre manando de mi pierna, con ayuda de los codos. Pero eso no le detiene. Se agacha y se tumba encima de mí, con los brazos extendidos y las manos apoyadas en la arena que hay al lado de mi cabeza para no tocarme ninguna parte del cuerpo. Nuestras cabezas están a tan sólo unos centímetros de distancia y su sonrisa se ensancha. Es en ese momento cuando me doy cuenta de que aunque lleve puesto mí mismo cuerpo no somos la misma persona. Sus ojos son diferentes, sus sonrisa también, el modo en que sus músculos se enderezan es extraño. «No es humano», es lo primero que se me viene a la mente. Pero eso sirve de poco. Él se sigue acercando aún más, tanto que nuestras narices están a punto de chocarse y no lo veo con claridad. Cierra los ojos y por un momento creo que me va a besar, lo que me resulta extraño, ya que ser besado por ti mismo no es lo que sucede todos los días. Pero no lo hace, sólo me huele. Me huele como si fuese un buen plato de espaguetis a la boloñesa, como si tuviese un olor diferente i embriagador. Abre los ojos, y su sonrisa es tan terrorífica como su rostro, que empieza distorsionarse y a cambiar de una forma que podría llegar a resultar patética, pero que sin duda no lo es. Sin embargo, antes de que pueda ver lo que pasaría a continuación, el aspecto real de ese “monstruo”, ese grito de terror que antes había escuchado ahora vuelve a nacer, pero esta vez sin morir nunca. El rostro del monstruo vuelve a ser el mío con facilidad. Se levanta y mira enfurecido hacia donde proviene el grito. Y ahora que no hay nadie para impedírmelo yo también lo hago, con cierta curiosidad. Una silueta femenina mira hacia el azul cielo en lo alto de una de las dunas más lejanas que soy capaz de ver. Antes de que pueda comprender nada, el ser que se había abalanzado antes hacia mí, ahora corre en dirección a la mujer, tan rápido que ni siquiera veo sus pies moverse. Cuando llega a ella se detiene. No logro ver bien lo que pasa allí arriba, pues el agotamiento se vuelve a apoderar de mí y me encuentro cerrando los ojos lentamente otra vez. Lo único que percibo es el cesar de los gritos y una fuerte punzada de dolor en el corazón. Me coloco boca arriba y abro los ojos de nuevo por un momento. La imagen de una chica, que mira fijamente y con aspecto serio lo que está pasando en la duna aparece a unos metros de distancia de mí. No se da cuenta de que la miro. Parece tensa. Entrecierro los ojos de manera que cuando me mira piensa que no la veo. Y no es mentira del todo. Tan sólo logro ver una imagen borrosa de la chica de pelo castaño corto. Cierro los ojos, y con la misma rapidez con la que apareció todo…
Despierto. Y a diferencia del sueño, mi piel yace helada encima del colchón desnudo del suelo. Me incorporo con un temblor en las manos que soy incapaz de controlar. Me paso las manos por el pelo, que ha quedado mojado después de todo este lio de emociones.
Intento poderme de pie, con dificultad, pero al final mis fuerzas no me lo permiten.  Evito pensar en el dolor de cabeza, de espalda, de pies, que me cubre todo, aunque eso no me lo quita. Hago todo lo posible por pensar en el sueño de la manera menos dolorosa posible. Pero este sueño no ha sido como los demás. Normalmente, cada vez que me despierto, el sueño viene a mí como un recuerdo lejano pero con todo detalle, recordándolo todo a la perfección. Sin embargo, esta vez…, no ha sido igual. Es decir, lo recuerdo todo como si hubiese sido real y hubiese pasado hace un segundo. Ese es el problema. Esa sensación que tengo de que todo eso ha ocurrido hace muy poco tiempo, incluso ahora mismo, me desconcierta. Sin embargo, le resto importancia, no creo que la tenga. Puede que eso sea normal, o todo lo normal que puede ser un sueño premonitorio. Así que empiezo el amargo y tedioso siguiente paso: intentar descifrarlo. Intento dejar la mente en blanco, dejar que todas las imágenes me envuelvan y le den un significado. Pero el dolor de cabeza me impide relajarme. Al contrario, mi corazón late cada vez más fuerte y los sudores fríos vuelven. Me vuelvo a tumbar en el colchón con la intención de relajarme de una vez por todas. Pero aun así no lo consigo. Es todo muy diferente al resto de días. Siempre que tengo estos sueños (casi todos los días), cuando despierto con este dolor, solo me hace falta cerrar los ojos y dejar la mente en blanco para que todo se vaya y entre en mí el significado del sueño. Pero esta vez…, no se va ni aparece nada. Y eso me alegra y entristece a la vez. La parte positiva es que por fin he conseguido no descifrar uno de mis sueños. Es decir, un día entero sin saber lo que va a pasar, un día lleno de posibilidades… No puedo evitar sacar una sonrisa y reírme a carcajadas tumbado en el colchón. Paro cuando empiezo a parecer un psicópata y a asustarme a mí mismo.
Me vuelvo a levantar, esta vez con más energía y haciendo caso omiso al dolor general que me cubre todo el cuerpo.
Me dirijo a la cocina y cojo mi desayuno, una hogaza de pan y un poco de agua. Mientras como camino hasta mi habitación con cuidado, intentando no despertar a mi madre. Toco los muebles para saber por dónde voy, pues es demasiado pronto para el amanecer y todavía no ha aparecido el primer rayo de sol.
-          Ah!
La rodilla izquierda me palpita y me muerdo el labio por el dolor. Palpo con las manos hasta averiguar que ha sido el armario con lo que me he golpeado.
-          ¿Ales?- pregunta una voz femenina al otro lado de la pequeña habitación.
-          Sí, mamá. Ya me voy para el instituto.
-          Muy bien…- y de seguida vuelven a sonar los ronquidos de fondo.
Cojo uno de los dos pantalones que tengo y otra de las otras dos camisetas. Me cambio allí mismo, en silencio. Me pongo los calcetines y las bambas, con cuidado para que no se rompan más de lo que están. Voy de puntillas hasta mi madre y le doy un beso en su mejilla de 31 años de edad, que a pesar de ser joven tiene algunas arrugas alrededor de los ojos por las malas condiciones de vida.
-          Hasta luego, mamá-le susurro en la oreja.
-          Hasta luego, hijo…- y se vuelve a dormir, aunque dudo que alguna vez haya estado despierta.
En mi camino hasta la puerta principal de la casa pienso en la valentía de mi madre. Todos los cotilleos que tuvo que pasar cuando me tuvo a mí con tan sólo 16 años. Y también lo que siguió sufriendo cuando empecé la escuela y yo era el punto de encuentro de todas las miradas por el simple hecho de ser “el que le destruyó la vida a una joven con mucho futuro”. Eso es lo peor de la gente, que todo el mundo es normal hasta que le pasa algo. Entonces, se convierte en la mejor del universo. Aunque tal vez eso sea la naturaleza del hombre… Ojalá yo fuese tan valiente como mi madre. Que supo seguir adelante a pesar de todas las miradas, que supo sobreponer lo que le importaba a las palabras de los demás…
Todos mis problemas se van cuando salgo a la calle y descubro este sol radiante de abril. El camino hasta el instituto se hace corto esta vez y es una pena dejar el cantar de los pájaros aquí fuera para adentrarse en el murmullo de voces que es el instituto…
Ando por una acera estrecha cuando un hombre me detiene.
-          ¿Alessandro Rim?- me pregunta el señor trajeado de arriba abajo con el uniforme de guardia de seguridad de La Dictadura.
Al principio dudo y opto por mentirle. Pero después me doy cuenta de que él está convencidísimo de que yo soy Alessandro Rim y que mentir empeoraría las cosas que ni siquiera sé que están mal. ¿Qué podrá haber ocurrido?
-          Sí, ¿Qué quiere?- le digo en un tono borde demostrando mi enfado con todo el mundo.
-          Lo lamente, pero su madre acaba de fallecer. Una vecina nos ha avisado de lo ocurrido hace apenas diez minutos. Se ve que tenía cáncer y no se ha tratado como se debería hasta que ha fallecido. Lo lamento-. Y su rostro parece triste, aunque sé que en realidad está deseando irse a su casa para sentarse en el sofá.
No es posible. Es prácticamente imposible. Me lo hubiera dicho. Lo habría notado.
-          ¿Pero qué dices? Lo siento, pero creo que se equivoca de persona.- Le digo retomando mi camino.
-          Lo siento, ¿es usted Alessandro Rim Castilla?
Me detengo en seco y mi rostro se vuelve blanco. Y mi cabeza enloquece. Sólo logro contenerme unos segundos para responderle.
-          Sí…
-          Lo siento mucho de verdad- se apresura a decir.
Tiemblo. Mis entrañas tiemblan. Mi cerebro tiembla. Mi corazón late, si a ese movimiento forzado se le puede llamar latido. Entonces, exploto.
-          ¿Qué lo sientes? ¿Qué sientes exactamente?-pero no le dejo responder- ¡NADA! Eso es lo tú y todo el mundo siente. ¡NADA! ¡Porque los sentimientos se fueron con la muerte de Martín García! Sí, ese dictador que cambió todas las leyes y puso unas justas, el mismo que convirtió en una bonita dictadura este país, con su muerte ha cambiado los sentimientos de la gente. Esta nueva dictadura lo ha cambiado todo. Con su muerte tendría que haber muerto la dictadura. Sí, lo admito, me da asco él y me das asco tú. ¡QUE EL MUNDO PARE DE MENTIR AL MENOS POR UNA MILÉSIMA DE SEGUNDO, POR FAVOR!
Y salgo corriendo hacia mi casa, con las lágrimas en los ojos. Sé que las palabras que acabo de pronunciar costarán mi muerte, que desafiar a Miguel El Dictador, como lo llama la gente, ha sido un error que no tendré posibilidad de reparar. Pero me da igual. No es por eso por lo que brotan mis lágrimas ahora mismo. Ella. La única persona que me importaba en este mundo se ha ido y no la podré ver nunca más. Ni siquiera le he podido desvelar mi secreto. Corro aún más rápido. No siento los pasos del guardia a mis espaldas. No me sigue. O lo he despistado. Bien. Eso es bueno. O tal vez no, tal vez ha ido a avisar a El Dictador de mis palabras. Sea lo que sea, tengo que darme prisa.

En diez minutos llenos de agotamiento llego a mi casa. Abro la puerta. Chirria y siento como si un fantasma todavía permaneciera. Pero no es eso, todavía está el cuerpo. Camino dando traspiés hasta donde se halla el cuerpo, en el sofá, cubierto por una sábana. Agarro uno de los extremos de la sabana, pero no puedo. No puedo ver su pálida piel y salir ileso de la situación. Así que la cojo en brazos aún con la sábana puesta. Tengo que salir de aquí y huir al bosque antes de que los guardias me encuentren. Si ese fuese el caso, mi muerte sería tan inminente como dolorosa.